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Queridos amigos, familiares, compañeros, alumnos, lectores: Sois muchos los que me habéis escrito para felicitarme por el premio "J. Ratzinger-Benedicto XVI", creado por la Fundación del mismo nombre, que me ha sido entregado personalmente por el Papa el pasado día 30 de junio y que muchos han considerado como el Nobel de la Teología. Os aseguro que en este instante me veo en un real apuro interior. ¡Tantas cartas personalísimas, con tantos recuerdos de vida en comunes tareas apostólicas y universitarias, en empeños cívicos y en textos literarios!

A cada una de ellas hubiera debido responder con la misma cercanía personal con que cada uno me habéis escrito. Comprended mi situación y reconoced en estas líneas mi agradecimiento inmediato y personal a cada uno.

I

He recibido el premio ofrecido a mi persona a la vez como un premio a España, a nuestra lengua, a nuestra teología e iglesia, especialmente a aquellas personas e instituciones que hicieron del Concilio Vaticano II su misión de vida y la palanca divinamente ofrecida para una modernización, reconciliación y dignidad de nuestra nación en todos los órdenes. Y lo pensaron como alma para todos y no como arma contra nadie. Acoged, por tanto, el premio como propio cada uno de los que habéis convivido conmigo y me habéis acompañado en la bella tarea de la teología.

Cada uno somos fruto de la confianza que se nos ha ofrecido y de la esperanza proyectada sobre nosotros. Yo he querido ser heredero de esa admirable nube de testigos de la fe y de la razón, del Evangelio y de la Ilustración, que nos han precedido en treinta siglos de revelación bíblica; intérprete de la esperanza de Dios para los hombres y de las esperanzas de los hombres ante Dios; testigo de la insobornable dignidad del hombre que para ser en plenitud necesita pensar y creer, amar y obrar, esperar y trascender.

II

Algunos me han preguntado qué teología he hecho. La teología es una en su raíz y tronco pero diversificada en sus ramas. Pretender ser original es fallar el tino desde el comienzo. Se es original en la medida en que uno se acompasa con todo su ser personal y dinamismos, intelectivos y volitivos, a las realidades que la revelación divina, la fe de la iglesia y la conciencia cristiana nos han trasmitido. El intérprete de Mozart es verdaderamente creador siendo fiel a la partitura que debe interpretar. El teólogo es original y creador siendo fiel a esas realidades divinas y a esas esperanzas humanas, desapareciendo él para que aparezcan y se afirmen ellas. Dejar a Dios ser Dios, dejarle decir su palabra y oírla pensándola hasta sus últimas consecuencias, crea la máxima posibilidad y abre la máxima responsabilidad al hombre. Tal es su gloria.

Y me siguen preguntando por mi itinerario teológico. Mi generación nació a una ilusión renovadora con la teología francesa del decenio 1950-1960, centrada en torno a la Biblia, la Liturgia y la Pastoral. Luego vinieron los dos decenios conciliares 1960-1980 en los que prevaleció de forma masiva la teología alemana: sistemática, fundamental, ecumenismo, exégesis histórico-crítica, fundamentación metafísica. Entretanto la teología de la liberación había desencadenado nuevas urgencias y decisiones, especialmente para los españoles con Hispanoamérica como parte de nuestra historia e iglesia (1980-2000)

III.

Yo, una vez vividos desde dentro los horizontes de la catolicidad y acogidos los imperativos sagrados que llevaban consigo esos movimientos renovadores, pensé que el teólogo, una vez asentado en esa universalidad objetiva, tiene que arraigar en una historia, lengua, cultura e iglesia concretas. Por eso intenté lograr una familiaridad de fondo con las grandes aportaciones hispánicas al pensamiento y a la iglesia.

Aquí aparecen, como símbolo de una pléyade, los cuatro grandes nombres del siglo XVI: Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Fray Luís de León. Más cercanamente a nosotros en el siglo XX vienen las tres figuras filosóficas máximas: Unamuno, Ortega y Zubiri. Luego están los historiadores y reconstructores de la historia de nuestra lengua: Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Dámaso Alonso. Y no en último lugar los poetas: Unamuno otra vez, Juan Ramón Jiménez, A. y M. Machado, la Generación del 28 hasta llegar a nuestros días con tres nombres mayores: J. A. Muñoz Rojas, Claudio Rodríguez, Antonio Colinas.

IV

La teología es esencial a la iglesia y a la sociedad, justamente por ser libres y para ser libres. Una iglesia sin pensamiento tan crítico como fiel se verá tentada por la magia y el autoritarismo; una sociedad sin pensamiento (filosofía, teología, poesía, utopía) estará tentada desde un lado por la ideología que somete voluntades y se apropia dineros; y por otro lado, por aquella trivialización maligna que reprime las necesidades humanas que nos abren a la trascendencia y al futuro, volviéndonos limpios y libres en el mundo. Con esto estoy respondiendo a quienes me preguntaron por mi presencia no solo en instituciones de iglesia sino también de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la prensa.

Yo he querido hacer en público y aportar a la sociedad lo que soy en persona: individuo, creyente, sacerdote, teólogo, ciudadano. Y desde esa compleja realidad he querido aprender de mi pueblo y ser educador de mi pueblo. Ya el día que ingresé en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas me pregunté si era aquel un lugar apto para la teología. Y respondíanalizando analicé los tres lugares posibles y necesarios de la teología: el templo, la academia, la plaza pública. Por eso inmediatamente después de volver de Roma marcho a Santander (Monte Corbán ) donde tenemos el curso de la "Escuela de Teología K.Rahner-H. Urs von Balthasar", que fundé hace más de un decenio, sobre "El hombre en alternativa: Posmodernidad y cristianismo en España".

V

A la palabra de agradecimiento a quienes me han precedido y acompañado, quisiera unir una palabra de aliento y apoyo a las nuevas generaciones para que emprendan ese bello servicio al evangelio que es la teología: pensar la fe a la altura de la razón histórica y pensar la razón histórica desde la profundidad de la fe. No otra cosa dice el imperativo que nos dejó el Nuevo Testamento: "Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, y estas siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pedro 3,15).

El mejor saludo para todos de vuestro amigo

 

   

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